domingo, 27 de abril de 2014

Capítulo 1.





-  ¡Buenos días Mamá!
-  Buenos días pequeña, ¿Cómo has dormido hoy?
- Pues mal, como siempre. Cada día sueño algo raro y no me gusta nada soñar, después me paso el día pensando en que significa y no puedo centrarme en otra cosa.
- Los sueños no significan nada, cariño. Son sueños y ya está. No te comas tanto la cabeza.
- Pues anoche como no podía dormir busqué en google el significado de lo que había soñado y ponía que iba a hacer un viaje.
- ¿Ves hija? Si eso es imposible y menos ahora. Anda, anda. Termina de desayunar que vas a perder el autobús.
- Vale mamá.
- Yo me tengo que ir a trabajar, después nos vemos. Ten cuidado.
- Siempre lo tengo. Hasta luego.
- Hasta luego.
Amy como de costumbre no tenía ganas de ir a clase, no era una persona muy sociable. No le solía caer bien a nadie porque tenía un carácter muy fuerte y era bastante borde. La gente solía evitarla y algunos hasta se burlaban de ella. Pero no era una chica que se ponía triste por eso, al revés, le daba igual y hasta le gustaba estar sola. La mayoría de la gente de su edad tenían muchos pájaros en la cabeza y eran muy inmaduros al lado de ella. Por eso, se bastaba con contarle sus problemas a su querida madre Alba. Ella era todo lo que cualquier hija quisiera tener, un apoyo, una amiga. Era su madre y su padre a la vez. Porque cuando Alba era pequeña su padre murió en un accidente de coche y ni tan siquiera tiene recuerdos de él.
- Amy, ¿estás atendiendo? – dijo su profesor.
- Sí, señor Luis.
- ¿Y qué estaba diciendo?
- No lo sé… - dijo avergonzada.
- Pues para mañana quiero que averigüe de lo que estaba hablando y me lo va a traer por escrito 50 veces. Para que la próxima vez me atienda cuando esté hablando.
No es la primera vez que le pasaba esto, siempre estaba pensando en otras cosas y nunca atendía en clase, aunque luego sacaba la mejor nota en los exámenes, eso a su profesor de filosofía le daba igual.
Al llegar a casa, calentó la comida en el microondas y puso la TV un rato mientras comía. “Qué asco de televisión, no echan nada más que porquerías. Como echo de menos cuando era pequeña y me tiraba el día entero viendo dibujos animados”
Al terminar con la comida, fregó los platos y fue al baño a lavarse los dientes. Se miró en el espejo y se puso a pensar en por qué ningún chico se había fijado todavía en ella. No era una chica que llamara la atención, pero tampoco era fea. Tenía una altura media, unos ojos marrones oscuros, un pelo negro azabache bastante cuidado y una sonrisa preciosa. Pero aún así, nunca había estado con ningún chico. Y eso le preocupaba. Porque aunque estuviera bien sola, no quería morirse sola, casi toda la gente de su edad ya había tenido pareja antes y ella quería saber que se sentía al besar a alguien.
- Hija, ya estoy en casa.
- Ya he oído la puerta, y no creo que nadie más tenga llave, así que suponía que eras tú.
- Vaya humor tienes hoy, ¿te ha pasado algo?
- ¿Y cuando no? Ese profesor de filosofía me tiene fichada y no para de castigarme por no escucharle en clase. Yo no tengo la culpa de que sus explicaciones sean pésimas. Hasta yo misma lo haría mejor que él.
- Pues estudia y así podrás llegar hasta donde él o quizás más lejos.
- Ya lo hago mamá, ya lo hago. ¿Y a ti como te ha ido en el trabajo?
- Bien, como siempre. Voy a darme un baño y a hacer la cena. Te tengo una sorpresa para el postre.
- Deberías de descansar, ya hago yo la cena.
- Hoy prefiero hacerla yo, tú termina lo que estés haciendo y cuando esté la cena te llamo.
- Vale mamá, pero friego yo.
- De acuerdo.
Alba, la madre de Amy no iba a hacer la cena. Pues la había comprado de camino a casa, dos hamburguesas bien grandes y dos tarrinas de helado. Sabía que era de las pocas cosas que podían animar a su hija cuando estaba de mal humor.
La cena fue estupenda, Amy se puso muy contenta  y le dio las gracias a su madre, fregó los platos como había prometido, se lavó los dientes y se fue a la cama donde se quedó dormida al instante.

- Siempre he querido estar en París, vaya suerte que me haya tocado el viaje de la tombola del instituto, ¿a que sí, mamá?
- Si hija la verdad es que ha sido toda una suerte.

Andaban y andaban y tomaban fotos de todo lo que veían. Parques, animales, monumentos. Era nada más y nada menos que una semana en París con todos los gastos pagados. Se alojaban en un hotel de 4 estrellas en pleno centro de París, era como un sueño. Pero Amy estando en París se puso a pensar un montón en el amor, y en cómo sería enamorarse en un lugar como ese. Quería hablar con su madre del tema, pero como su padre murió muy joven no quería poner triste a su madre. Así que evitó el tema todo lo que pudo. “Ojala tuviera una amiga con la que hablar de esto” - Pensó.

Estuvieron disfrutando al máximo del viaje, fueron a ver la Torre Eiffel, la Catedral de Notre Dame, el Panteón…

Pero a Amy empezaba a aburrirle ver tanto monumento y lo que quería era recorrer la ciudad sin ningún guía que les dijera donde tenían que ir y donde tenían que comer. Era agobiante ir  con un hombre que no paraba de hablar y hablar y hablar. Le recordaba a su profesor de filosofía. Estaba de viaje y hasta ahí tenía que estar pensando en ese dichoso profesor. Era normal, seguía cabreada por todo el tiempo que le había hecho perder ese año con tantos castigos tontos.

- Mamá, hoy es el último día que estamos en París, quiero hacer algo diferente.
- ¿Cómo qué?
- No lo sé, que te parece si vamos a un sitio tranquilo y nos comemos un perrito caliente sentadas en un banco, tanta vuelta me está volviendo loca. Más que relajarme el viaje me ha cansado mucho más.
- Es lo que tienen los viajes, pero conoces mundo y eso es bonito.
- Ya, pero yo quiero volver a Almería ya. Creo que una semana fuera es demasiado para mí.
- Bueno, mañana salimos pronto para España, no te preocupes.
Fueron andando hasta un puesto de comida rápida y se pidieron dos perritos calientes y dos refrescos. Se sentaron en un banco y estuvieron contemplando el paisaje de París. Luego fueron hacia una heladería que había cerca. Amy se quedó alucinada con la cantidad de helados que había, estaban en todos los sabores y colores. Había hasta uno simulando los colores del arcoíris. Helados con nubes, con galletas, con chocolatinas. Era el sueño de cualquier niño y de cualquier persona amante de los helados. 
- Mamá, no creo que pueda decidirme nunca, los quiero probar todos, esto es el paraíso.
- No creo que puedas probarlos todos, Amy. Pero si quieres pídete de diversos sabores y yo me pido otro de otros tantos y así probamos unos cuantos.
- ¡Bieeeeeeeen! Pues yo voy a querer uno de esos azules con nubes rosas, también el de pistachos con trozos de galleta y el de frutas del bosque con gominolas.
- Ala, ala. Te vas a poner mala con tanto helado.
- Correré el riesgo.
- Bueno yo me pediré el de Oreo y el de natillas.
Después de comprar los helados fueron a dar un paseo, estaban muy unidas las dos, eran como dos amigas inseparables. Como esas personas que se conocen y les cuesta vivir la una sin la otra, como dos almas gemelas. Pero eran madre e hija. Fue pasando el tiempo y fue anocheciendo en París, fue el único día de todos los que estuvieron que se acordaron de contemplar el cielo y de ver lo bonito que era.
- ¿Sabes mamá? Este ha sido el mejor día con diferencia.
- Yo también pienso lo mismo.
- Ojalá fuera el primero y no el último.
- Ya habrá otros viajes, no te preocupes.
- Eso espero.
Volvieron al hotel y prepararon las maletas para el día siguiente, maletas que estaban llenas de recuerdos del viaje que habían tenido. Porque no fue un viaje cualquiera, fue un viaje que las unió para siempre. Hacía tiempo que no hacían nada juntas, ya que Alba se tiraba todo el día trabajando para poder darle a Amy lo mejor y que nunca le faltase de nada.
A la mañana siguiente fueron al aeropuerto, una hora antes de tiempo porque a Alba le gustaba ser puntual, y para ella ser puntual era llegar como mínimo media hora antes. El vuelo se retrasaba y se retrasaba. Amy no paraba de dar vueltas y vueltas de un lado a otro porque no soportaba las esperas. No tenía ganas de volver, pero tampoco quería tirarse todo el día en el aeropuerto. Había mirado un montón de revistas, periódicos.. y estaba ya más que cansada y aburrida de esperar.
- Vamos a la cafetería a comer algo, no vamos a estar todo el día sin comer.
- Seguro que aquí nos clavan cinco euros por un bocadillo, o más, quien sabe.
- Bueno, mejor eso a morirnos de hambre.
- Pues yo prefiero lo segundo.
- No seas tonta anda, que por diez euros no nos vamos a quedar pobres.
- Eso lo dices tú.
Fueron a la cafetería y para sorpresa de Amy los bocadillos estaban a un euro y eran enormes, ella se lo pidió de tortilla y la madre de tomate y atún. También había helados, pero después del dolor de barriga que le entró el día anterior por los helados, no quería comer uno en una buena temporada. Así que se pidieron dos cafés con leche para hacer más amena la espera y fueron otra vez a la sala de espera.
- ¿Es que no vamos a subir nunca al avión o qué?
- Es normal que los aviones se retrasen Amy, no seas impaciente.
- ¿Cómo no voy a ser impaciente? Llevamos aquí todo el día… estoy aburrida, cansada, y mañana tengo clase. Aunque por mí me quedo en casa descansando.
- Creo que si va a ser mejor que mañana te quedes en casa a descansar.
- ¡Vaya! La primera vez que estás de acuerdo con que no vaya a clase.
- Es un día, no te vayas a acostumbrar.
- Ya lo sé, era solo una pequeña broma.
<< Pasajeros del vuelo 203 destino España ya pueden embarcar, Pasajeros del vuelo 203 destino España ya pueden embarcar…>>
- ¡Nuestro vuelo! ¡Por fin!
- Vamos.

Se suben al avión y se acomodan en sus respectivos asientos. Amy se pone al lado de la ventanilla porque le encanta mirar a través de ella, en cambio a Alba le da bastante vértigo y prefiere leer un libro o dormir mientras vuelan. En ese momento llega la azafata y les comunica que sus asientos están en primera clase.
- Debe de ser un error, nosotros tenemos billetes de turista. – Dice Alba.
- A mí me han comunicado eso y les tengo que guiar a primera clase, así que si me permiten, síganme.
- Vale, le seguimos.
Cruzan el avión y van hasta la zona de primera clase, que no es tan distinta a la de turistas, salvo por las atenciones y los asientos que son mucho más cómodos. Amy está encantada de poder pedir lo que quiera y que no tenga que pagar nada, pero se lamenta haberse pegado el atracón de helado porque ahora no le apetece comer nada, se pide un refresco y la madre una copa de vino blanco.
- Mamá, todo esto es muy raro, ganar un viaje, que nos muevan a primera clase.., no sé, es mucha suerte de golpe y yo nunca he tenido tanta suerte en nada. Todo esto es como si fuera un sueño.
- Hija, lo lamento, pero tengo que decírtelo. Es un sueño.

sábado, 26 de abril de 2014

Sorpresa y... ¿Prólogo?

¡Hola a todos!

Hace tiempo que no actualizo, pero me gustaría contaros una cosilla y es que... ¡estoy escribiendo un libro!
No sé como me saldrá este proyecto, pero espero poder contar con vuestra ayuda y que me podaís echar una mano.

Voy a ir subiendo los capítulos aquí (obviamente acepto sujerencias y me dan igual si son duras)

Aquí os dejo un pequeño adelanto y en cuanto tenga un poco más de tiempo subiré el primer capítulo.


Prólogo.



“¡Qué sueños más raros tengo! Si supiera lo que significan me ahorraría calentarme la cabeza cada vez que tengo uno. ¡Ya sé! Buscaré el significado de lo que he soñado antes en google, seguro que encuentro algo.”
A ver…  ¿Qué pongo? ….  Significado de los sueños. Ahora le doy a buscar y vamos a ver que significa soñar con golondrinas.
“Soñar con golondrinas en pleno vuelo anuncia la posibilidad de realizar un viaje que hemos deseado desde hace un largo tiempo, el cual tuvimos que aplazar por no contar con los recursos para llevarlo a cabo”
¡Qué tontería! Si estoy en plena temporada de exámenes y no tengo dinero para viajar, ¿Cómo voy a hacerlo?

Lo que no sabía Amy es que para viajar no tenía que hacer nada más que cerrar los ojos y… soñar.

jueves, 10 de octubre de 2013

Mía.

Ella se levantaba de la cama como cada día, sin ganas. No abandonaba porque no quería hacer daño a nadie, pero en el fondo, ya lo estaba haciendo. Ella no era feliz, no podía serlo. Tenía muchos complejos, muchas frustraciones, tenía pánico.

Como cada día, Mía iba al baño y se lavaba la cara con agua fría. Tenía unas enormes ojeras. No se veía guapa y más con ese pijama a rayas rosa que le hacía más gorda aún.  Odiaba todo de sí, pero lo que más odiaba era su cuerpo. ¿Por qué tenía que ser gorda? Hay muchas personas en el mundo que comen todo lo que quieren y no engordan. ¿Por qué ella no podía ser así? ¿Por qué tenía que tener barriga y ese enorme trasero que no se metía en ningún pantalón?

Como cada mañana, bajaba a desayunar, solo se tomaba un vaso de leche. No quería comer, no lo necesitaba. 

Mía pasaba la mañana leyendo, le encantaba leer porque podía evadirse de la realidad. Era de la única forma que podía entretenerse. De la única forma que no sufría.

Pero a la hora de la comida, tenía que volver a la realidad. Su madre la llamaba a voces para que bajara a comer. ¿Por qué era tan duro escuchar eso? ¿Por qué no podía ser como otras personas que amaban la hora de la comida? Mía nunca decía que no a la comida, a ella le encantaba comer, disfrutaba con los sabores. Pero se sentía culpable. Se veía GORDA. La palabra GORDA llenaba su cabeza y empezaba a sentirse mal cada vez que comía algo que engordaba más de la cuenta.

Mía ya no podía más, tenía que hacer algo.


Un día, después de la comida, subió al baño de arriba y se colocó frente al inodoro.

Ató su larga melena con un coletero, y se arrodilló frente al inodoro con las piernas flexionadas, oprimiendo su barriga. Justo después, introdujo sus dedos índice y corazón en el paladar.

 



Mía no estaba bien. Ella lo sabía. Pero no podía parar.
Lo que empezó como un juego, acabó como un hábito.
Y el hábito, acabó con su vida.